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martes, 6 de noviembre de 2007

La vida te da revancha

Exodus confirmó el gran momento que atraviesa con un demoledor show en El Teatro de Flores, que superó todas las expectativas.



Para una gran mayoría de personas, Exodus es (además de un tema de Bob Marley) simplemente “la banda en la que tocaba Kirk Hammet antes de irse a Metallica”, a pesar de haber brindado dos gemas del thrash metal como fueron “Bonded By Blood” (1985) y “Fabulous Disaster” (1989). Es cierto que la suerte no los acompañó. En los noventa apenas grabaron dos discos y su carrera se hizo más que intermitente, sumado esto a la muerte del cantante Paul Baloff en 2002. Para colmo, cuando el genial “Tempo of The Damned” de 2004 parecía reencaminarlos, Steve Souza decide dejar la banda en plena gira. Más precisamente, la noche que debían presentarse en República Cromañón.

Sin embargo, cuando todo parecía irse al tacho nuevamente, Gary Holt reclutó una nueva formación y su insistencia finalmente dio frutos con el impresionante “Shovel Headed Kill Machine” (2005), confirmando que se trataba de mucho más que un simple rejunte. Y como no hay dos sin tres, el quinteto estrenó en octubre “The Atrocity Exhibition… Exhibit A”. La noche del sábado, en El Teatro Flores, parecía entonces la ocasión perfecta para hacer olvidar el mal trago de aquellos que habían tenido que devolver su entrada tres años atrás.

Por más extraño que suene, el hecho de que el local de Rivadavia al 7800 haya estado lejos de llenarse (había menos de mil personas), terminó siendo una gran ventaja para el desarrollo del show: el espacio libre se convirtió en la escenografía ideal para un pogo desenfrenado. Aunque suene descabellado, fue un detalle esencial para el desarrollo de la noche, acorde a las reglas de la “vieja-escuela” del thrash.

Y hablamos de vieja escuela porque, a pesar de contar con enormes trabajos en los últimos años, Exodus no renegó en lo más mínimo de su pasado. Es que de los diez temas del hito thrasher que fue su primer disco, sonaron nueve. Y lo que comenzó como una sorpresa en el arranque (la seguidilla de “Bonded By Blood” y “Deliver Us To Evil”) terminó siendo costumbre. Lo único que daba la pauta de que uno no estaba en un bar de California en 1985 eran los pocos temas que se fueron mechando del resto de los discos a lo largo de la noche.

Sin embargo, la verdadera estrella de la noche fue la actitud de la banda. Por empezar, aún cuando su pésimo estado de salud era evidente (llego a vomitar sobre el escenario) Rob Dukes no se cansó de agitar al público a medida que desgarraba su garganta. Y hasta se dio el lujo de comandar el “wall of death”, en donde el campo se divide en dos aguas para luego chocar frente a frente (algo así como lo que hace Árbol, pero con 400 metaleros de cada lado, en vez de adolescentes con granitos). De todas maneras, el “premio chamigo” fue sin dudas para el ex Heathen Lee Altus, que no se cansó de regalar cerveza a los que estaban contra la valla y hasta llegó a decir, Quilmes en mano, que los argentinos teníamos la mejor birra del mundo.

Musicalmente, el show sólo fue opacado por unos pequeños percances de Dukes con el micrófono, pero el nivel de la banda fue realmente impecable. El siempre sonriente Gary Holt demostró ser un verdadero “amo del riff”, hasta se dio el gusto de deleitar a todos batiéndose a duelo de guitarras con su compañero de ruta. Por otro lado, el retorno de Tom Hunting en la batería demostró que poco y nada tiene para envidiarle a Paul Bostaph. Además, fue otro de los que alabó los productos nacionales, en su caso con una empanada de carne en mano después de los bises.

Probablemente en las listas de “shows del año” no sea común encontrarse con recitales donde el lugar esté en tres cuartos de su capacidad, o en los que el micrófono le haya fallado al cantante en tres o cuatro temas. Sin embargo, la entrega de Exodus hizo que difícilmente haya otro acontecimiento este año que supere lo que se vivió el sábado por la noche en Flores. Es que en el balance la comunión con el público, y la capacidad de los músicos de transmitir su pasión por la música que están tocando, aún cuando se trate de riffs con la potencia de una locomotora es sencillamente, im-pre-sio-nan-te.

martes, 28 de agosto de 2007

El colmo de la violencia


Cannibal Corpse visitó una vez más Buenos Aires y confirmó que, sin su formación clásica, todavía tiene con qué defenderse. O mejor dicho, con qué atacar.

La lógica diría que, a esta altura de su carrera, Cannibal Corpse no tiene demasiado que ofrecer. Chris Barnes se abrió hace rato para llevar sus gritos a Six Feet Under (la banda, no la serie), y Jack Owen entró como reemplazo de los hermanos Hoffman en Deicide. Sin embargo, con las bases de Alex Webster y Paul Mazurkiewicz como únicos sobrevivientes de aquella formación original, los Cannibal se las arreglaron para sacar a la luz un disco más que respetable, y mantenerse como una referencia obligada en lo que a metal extremo se refiere. El viernes por la noche los depositó en el Teatro de Flores para presentar precisamente esa placa: Kill (no se maten con los títulos muchachos).

A pesar de ser una banda con un nivel de difusión prácticamente inexistente (¿acaso alguien vio un video de ellos después de que desapareció “Al Límite”?), George Fisher y compañía sacaron chapa de su status de culto y coparon El Teatro, donde por las dudas ya habían retirado la lengua stone que cuelga del techo habitualmente.

Por supuesto, teniendo en cuenta de quién se trataba, el menú del viernes por la noche no iba a salir de lo que es el death metal. Puro, crudo y violento. El gran interrogante pasaba por saber si serían capaces de traducir tal brutalidad en el vivo de la banda, o como sucedió con Deicide el año pasado, nos esperaba una bola de sonido donde difícilmente se distinga la voz del doble bombo, o viceversa.

Es que si bien “Kill” es uno de los discos con mejor sonido de su carrera, aunque no es lo mismo grabar hoy en día (cualquier fulano tiene un Pro Tools en la casa) que hacer un disco como Eaten Back To Life en 1990, otra cosa es lograr ese mismo sonido sobre un escenario. Sin embargo, la banda no defraudaría.

La noche arrancó con “Unleashing The Bloodthirsty”, y de allí en adelante todo fue violencia, pogo y headbanging. Arriba y abajo del escenario. Pero más allá del incansable revoleo de cabezas, lo que distinguió a la noche del viernes fue la precisión instrumental de la banda sobre el escenario.

Pat O’brien y Rob Barrett protagonizaron por momentos una verdadera batalla de solos de compás en compás, con una coordinación tal que parecía una misma guitarra. Todo con un nivel de sonido aplastante, pero aún así perfectamente ecualizado. No había lugar en el local de Flores (ni arriba, ni abajo, ni al frente, ni en la barra) en donde algún instrumento saturara o perdiera definición. Aplausos para el sonidista.

Párrafo aparte para Alex Webster. Es impresionante la velocidad con que se desenvuelve el rubio en su bajo. Para colmo, tocando con los dedos. Igualmente, lo que termina ganando es la coordinación de la banda en su conjunto, que sin mirarse engancha cortes asesinos para después seguir con un riff descomunal como si nada. Un verdadero reloj.

Más allá de ser tipos de muy pocas palabras, se notó muy buena conexión entre el público y los músicos, que arengaban cuanto más podían el “cada día te quiero más” y “Cannibal, Cannibal”. Sin ir más lejos, Fisher se tomó con muy buen humor el salivazo que recibió antes de Hammer Smashed Face (maldita costumbre la del público argento), y apenas tiró un irónico “gracias por el escupitajo, me queda bárbaro con estos pantalones”.

“Stripped, Raped and Strangled” marcó el final de la noche (si me preguntan, faltó “A Skull Full of Maggots”) y los Cannibal se despidieron fría y rápidamente tras una hora y cuarto de show. Sin bises, y con Mazurkiewicz revoleando los palillos desde el fondo del escenario (no se le vio la cara en todo el show). Sin embargo, cumplieron, y con creces. Ni una nota fuera de lugar. Ni un solo golpe a de destiempo. Los de Buffalo desplegaron el espíritu más clásico y violento del metal extremo con una precisión impecable. Glen Benton, teléfono.